¿Estás confundido con la confusión de niveles? Vamos a aclararla
- hildannz
- 4 ene
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Cuando hablamos de confusión de niveles parece que se habla solamente de la confusión entre forma y contenido, pero se trata de mucho más que eso. Ha habido mucha confusión respecto a este tema, y algunos estudiantes del Curso a veces lo utilizan para justificar comportamientos aparentemente destructivos.
La confusión de niveles consiste, básicamente, en asignar los atributos de un nivel al otro. Es decir, creer que nuestra verdadera Identidad, que es Espíritu eterno, dicha plena, inmutabilidad, amor todo abarcador; pudiera estar contenida en un cuerpo limitado, cambiante y corruptible.
Así que asumimos que lo físico es lo único verdadero y lo único que importa, pues pensamos que ahí es donde reside nuestra identidad. Pensamos que podemos crear desde lo físico, pues le atribuimos poderes creativos a la materia y creemos que es ahí donde vamos a encontrar la felicidad y la comunión con Dios que “perdimos” cuando creímos que nos habíamos separado del Padre.
Podríamos decir que esta confusión es el fundamento sobre el que transcurre la vida que llamamos “normal”. Se trata de un error de grandes magnitudes y que se refleja en todos los aspectos de nuestra ilusoria vida en este plano. Pues desde el momento en que creemos que en verdad estamos aquí, pensamos que pudimos cambiar la realidad, es decir, que pecamos.
Para aprender cómo corregirlo tendremos que ir al comienzo del Curso, pues es allí donde Jesús lo menciona por primera vez, tal vez con la idea de que lo tuviésemos en cuenta de ahí en adelante: “Nada real puede ser amenazado (el Espíritu). Nada irreal existe (el cuerpo). En esto reside la Paz de Dios” (In. 2-4) Veamos entonces en qué consiste.
“El Espíritu ya es perfecto y, por lo tanto, no requiere corrección. El cuerpo no existe, excepto como un recurso de aprendizaje al servicio de la mente. Este recurso de aprendizaje, de por sí, no comete errores porque no puede crear. Es obvio, pues, que inducir a la mente a que renuncie a sus creaciones falsas es la única aplicación de la capacidad creadora que realmente tiene sentido” (T.2.V.1:8-11).
Jesús nos está hablando aquí de 2 niveles:
Espíritu: de por sí ya es perfecto y por lo tanto no requiere corrección. Es inmutable, puro y eterno y no puede cambiar ni ser cambiado. Así como nada lo puede afectar, tampoco existe la más mínima posibilidad de que pueda cometer errores y afectar adversamente a los otros niveles.
Mente: la que tiene el poder de crear y piensa que puede crear falsamente. Al tener el poder de crear, se piensa que puede cometer errores. Estos son errores de pensamiento y percepción que parecen afectar negativamente a otro nivel: se habla de que la mente puede enfermar al cuerpo o que ella misma puede pecar o incluso afectar la pureza del Espíritu.
Cuerpo: Aunque parece reflejar todo lo que va mal; al no tener la capacidad de crear, no puede cometer errores. Aunque parece enfermar por sí solo, es decir por razones meramente físicas, o generar comportamientos destructivos a partir de impulsos y reflejos; en realidad todo es una ilusión, es una proyección de la mente y por lo tanto ni siquiera existe. La única forma en que este puede existir es como un recurso de aprendizaje al servicio de la mente.
¿Qué es entonces la confusión de niveles? El Curso la define como “la creencia de que lo que está mal en un nivel puede afectar adversamente a otro” (T-2.IV.2:2). Ya vimos que el único nivel en el que las cosas podrían salir mal es en la mente. No es posible que los problemas que surjan allí puedan afectar al cuerpo y mucho menos al Espíritu, ni que puedan o necesiten ser corregidos en uno de estos dos niveles. Por lo tanto, la mente es el único nivel que necesita corrección. De manera que cuando estamos pensando que el cuerpo o el Espíritu necesitan su propia corrección, estamos confundiendo los niveles.
El Maestro nos deja muy claro que lo único que hay que corregir es la mente. Así que, dado que es la única que tiene capacidad creadora, hay que “inducirla a que renuncie a sus creaciones falsas”. Saca de la ecuación al Espíritu, que en todo caso nunca necesitó ser corregido, y al cuerpo que, al ser una proyección de la mente, es una ilusión, ni siquiera existe, y algo que no existe no se puede enfermar ni cometer errores.
“Es esencial recordar que solo la mente puede crear, y que la corrección solo puede tener lugar en el nivel del pensamiento” (T-2.V.1:7).
El maestro Jesús nos está diciendo exactamente qué es lo que debemos corregir. Nos dice que lo único que necesitamos corregir es el pensamiento equivocado en la mente. Si hacemos eso, entonces los errores del cuerpo, sus aparentes enfermedades y malos comportamientos, se corregirán automáticamente. Necesitamos, entonces, corregir el error donde se originó, y para eso Jesús nos ofrece su infalible “mecanismo corrector”.
“Ninguno de esos errores es significativo, ya que las creaciones falsas de la mente en realidad no existen. Este reconocimiento es un recurso protector mucho más eficaz que cualquier forma de confusión de niveles porque introduce la corrección al nivel del error” (T-2.V.1:5-6)
¡Esto merece toda nuestra atención! Este mecanismo corrector consistiría entonces en el reconocimiento de que las creaciones falsas de la mente en realidad no existen. Por algo Jesús nos lo presenta en la mismísima Introducción del Curso: “Nada irreal existe” (el cuerpo, la materia). Este poderoso mecanismo introduce la corrección al nivel del error, es decir va al nivel de la mente, donde este se originó. La corrección definitiva es entonces reconocer que todo esto es una ilusión, que no somos un cuerpo y que seguimos siendo un pensamiento en la Mente del Padre porque las ideas no abandonan su Fuente. Seguimos siendo Espíritu puro, tal como Dios nos creó. Si reconociéramos verdaderamente que estos errores ocurren en el ámbito de lo ilusorio, es decir, ni siquiera ocurren realmente, no necesitaríamos nada más.
“Los milagros curan porque niegan la identificación con el cuerpo y afirman la identificación con el Espíritu. Dado que los milagros reconocen el Espíritu, ajustan los niveles de percepción y los muestran en su debido lugar. Esto sitúa al Espíritu en el centro, desde donde se puede comunicar directamente” (T-1.I.29-30).
Suena sencillo ¿verdad? ¡Pues es que en realidad lo es! Solo tenemos que reconocer que “nada irreal existe” y que, por lo tanto, no podemos estar contenidos en un cuerpo limitado y corruptible, sino que seguimos estando en la Mente de Dios, que es lo único Real. Seguimos siendo Espíritu, y mientras creamos estar aquí tenemos la posibilidad de experimentar paz y dicha si simplemente dejamos que nuestra mente sea el medio para que el Espíritu se exprese:
“La mente es el medio del que el Espíritu se vale para expresarse a Sí Mismo. Y la mente que sirve al Espíritu está en paz y llena de júbilo. Deriva su poder del Espíritu y desempeña gustosamente su función aquí” (L-96.4:1-3).
Si, por el contrario, la mente se identifica con el cuerpo, se va a condenar a toda una vida de sufrimiento donde va a ser imposible que encuentre verdadera paz y felicidad:
“Por otro lado, la mente puede también verse a sí misma como divorciada del Espíritu, y percibirse como dentro de un cuerpo al que confunde consigo misma. Sin su función, pues, no tiene paz, y la felicidad se vuelve algo ajeno a su pensamiento” (L-96.4:4-5).
Este es el desastroso resultado de la confusión de niveles. Al creerse separada del Espíritu, la mente no puede menos que creer que es un cuerpo que está a merced de todo tipo de amenazas y sufrimientos. Lamentablemente ese es el estado en que nos encontramos al creer venir a este mundo. Nos hemos identificado totalmente con un cuerpo y por lo tanto creemos que podemos sufrir, enfermar y morir. La mente está tan identificada con el cuerpo que se necesita un verdadero entrenamiento mental que nos enseñe cómo poner a la mente al servicio del Espíritu.
Esa es la función del Curso con sus 365 lecciones. El maestro Jesús nos da todo un entrenamiento mental para que recordemos finalmente que somos Espíritu inmutable y eterno y que no podemos enfermar ni padecer ningún dolor porque las ideas no abandonan su Fuente, y por lo tanto seguimos siendo tal como Dios nos creó.
¿Cómo podemos, entonces, corregir esta confusión de niveles a partir del entrenamiento mental que nos proporciona el Curso?
Veamos antes algunos ejemplos de confusión de niveles para aprender a identificarlos y así poder corregirlos. Para esto solo tenemos que poner atención a todo lo que esté relacionado con un cuerpo, porque la base de esta confusión es, en primera instancia, haber creído que podíamos separarnos de Dios y cambiar así nuestra verdadera naturaleza. Es decir, pasar de ser Espíritu inmutable, pleno, ilimitado y eterno; a un cuerpo diminuto, sufriente, corruptible y pecador.
“El cuerpo es el ídolo del ego, la creencia en el pecado hecha carne y luego proyectada afuera. Esto produce lo que parece ser una muralla de carne alrededor de la mente, que la mantiene prisionera en un diminuto confín de espacio y tiempo hasta que llegue la muerte, y disponiendo de solo un instante en el que suspirar, sufrir y morir en honor de su amo” (T-20.VI.11:1-2).
El maestro Jesús trata de ponerlo en palabras que realmente “sacudan” nuestra mente y nos ayuden a reconocer que es imposible que nuestra verdadera naturaleza pueda estar contenida en un cuerpo. Por eso nos repite a lo largo del Curso que no somos un cuerpo, somos libres, pues seguimos siendo tal como Dios nos creó, y nos pide que dejemos de identificarnos con un cuerpo.
Espíritu soy, un santo Hijo de Dios; libre de toda limitación, a salvo, sano y pleno (L-97.7:2).
“No dejes que nada que esté relacionado con pensamientos corporales te demore en tu avance hacia la salvación” (L-128.4:1).
Un ejemplo de confusión de niveles es cuando pensamos que algo relacionado con el cuerpo nos puede proporcionar felicidad. Por ejemplo, cuando caminamos por la playa y vemos una hermosa puesta de sol, cuando estamos saboreando una comida deliciosa, cuando nos conmovemos porque nuestra pareja nos dice que nos ama entrañable y profundamente, o cuando creemos que una música nos transporta al reino celestial. Estamos buscando substitutos de Dios y “Lo que Dios dispuso no tiene substituto, pues, ¿qué ilusión podría reemplazar a la Verdad?” (T-26.VI.2:8).
Además, al decir que ciertas cosas tienen el poder de darnos esa experiencia, y otras no, estamos formando una relación especial con esas cosas, con esas personas. ¿Por qué restringir el amor solo a unos pocos? Eso sería especialismo.
De pronto te estés preguntando qué hay de malo en todo eso, pues son las cosas que valoras y no quisieras perderlas. En realidad, no son ni buenas ni malas, no significan nada; es más ni siquiera existen. Son todas ilusiones y por lo tanto son ídolos que te atan a este mundo ilusorio. Lo que queremos que entiendas es que no son esas cosas en sí lo que valoras realmente. Cuando sientes que sin el amor de esa pareja no podrías vivir, en realidad estás añorando el Amor del Padre, que crees haber perdido, y piensas que lo puedes encontrar en otro cuerpo. La belleza de la puesta de sol y de la música te habla de la belleza del Hogar que crees haber abandonado.
Podrías pensar en vez de eso que no es la música, la pareja o la comida lo que tiene el poder de brindarte esa experiencia. Sino que es tu mente la única que tiene el poder de producir cualquier experiencia y no al revés.
Recuerda: “nada irreal existe”, por lo tanto, las ilusiones no pueden producir efectos. La causa únicamente puede estar en tu mente. Lo que sentimos no está circunscrito a las cosas de este mundo. Es algo inherente a nuestro Ser: “Dios está en todo lo que veo porque Dios está en mi mente” (L-30). La belleza de lo que veo no está en las cosas físicas, se trata de Dios expresándose a través de mí.
El valor real está en ti, en lo que sientes cuando lo ves o cuando lo oyes, ese sentido de unidad con la Filiación y con el Padre que te proporciona la dicha y la paz verdadera. Todos esos hermosos sentimientos que experimentas son el reflejo de tu verdadera Identidad como Hijo de Dios viviendo en plenitud.
Las cosas que crees que te hacen sentir eso no son más que sucedáneos, sustitutos del Amor de Dios. Pues lo que en realidad añoramos y creemos encontrar ahí es ese sentimiento de plenitud, de dicha, de bienestar, de abundancia que creímos haber perdido cuando pensamos que nos pudimos haber separado del Padre. Eso es en realidad lo que añoramos en lo más profundo de nuestro corazón.
Lo que pasa es que hemos aprendido a asociar falsamente nuestras experiencias de amor y dicha plena con ciertas cosas y ciertas personas, y no nos damos cuenta de que ese estado de plenitud está en nuestra mente, ya es nuestro por razón de Quien nos creó, y no está en nada perecedero, está en el mundo real donde todo resplandece y resplandece eternamente.
“Las fantasías son un medio para hacer asociaciones falsas y tratar de derivar placer de ellas. Mas si bien puedes percibir asociaciones falsas, nunca podrás hacerlas reales excepto para ti. Crees en lo que inventas. De igual modo, si ofreces milagros creerás en ellos con igual intensidad” (T-1.VII.3:6-9).
Es necesario reconocer que cuando asociamos la experiencia de Dios con alguna situación física que creemos que nos ha proporcionado esa experiencia, estamos confundiendo los niveles. No es posible que algo que experimentamos a través de los sentidos nos pueda proporcionar placer real o causar ningún dolor, pues todo lo que nos muestran los sentidos del cuerpo no son más que ilusiones.
El cuerpo, al ser una ilusión, es neutro, es una marioneta y no puede proporcionarnos ninguna experiencia real. Por eso:
“El Espíritu Santo no te exige que sacrifiques la esperanza de obtener placer a través del cuerpo, pues no hay esperanza alguna de que el cuerpo te pueda proporcionar placer” (T-19.IV.B.3:5).
Recuerda: Todo placer real solo puede provenir de hacer la Voluntad de Dios. Por eso tampoco te estamos pidiendo que reprimas esas experiencias o que te prives de ellas.
Cuando, habiendo pedido Guía al Espíritu Santo, te encuentres en una apariencia de situación placentera, disfrútala con una actitud de agradecimiento al saber que se origina en ti porque viene de Dios, y Dios va contigo donde quiera que tú vas. Solo que es necesario que te mantengas vigilante para no cometer el error de confundir los niveles y adjudicarles a las ilusiones el valor de lo Eterno que está en ti, en tu mente. Y hasta que no seas consciente de esto, vas a seguir buscando tu dicha y tu paz en el mundo del ego, y ya sabes su filosofía: “busca, pero no halles”. El maestro Jesús dice que eso es hacer magia.
Literalmente se trata de magia porque absolutamente todo en este mundo es perecedero y puede desaparecer de un plumazo: ¡Hocus pocus! ¡Ahora lo tienes, ahora no lo tienes! Algo que creías que te daba paz y felicidad, y que creías que no podías vivir sin ello, de pronto desaparece y hasta ahí llegó tu felicidad y tu paz: ¡Ilusión, desilusión! Tienes que estar vigilante acerca de dónde pones tu corazón:
“Recuerda que donde esté tu corazón allí también estará tu tesoro. Crees en lo que consideras valioso. Si tienes miedo es que estás equivocado con respecto a lo que es valioso. Tu entendimiento inevitablemente evaluará erróneamente y, al otorgar el mismo poder a todos los pensamientos, inevitablemente destruirás la paz. Por eso es por lo que la Biblia habla de “la paz de Dios que supera todo razonar”. No hay error que pueda alterar esa paz en lo más mínimo. Dicha paz no permite que nada que no proceda de Dios te afecte” (T-2.II.1:5-11).
Todo ocurre completamente dentro de nuestra mente, y cuando estamos eligiendo la mente recta, estamos conectados con Dios, de Quien vienen todas estas experiencias hermosas de amor, de bondad, de alegría, de dicha, de unidad. Pensar que esa unidad la puedo conseguir a través de unirme a otros cuerpos que creo amar genera conflicto, porque el que ama a los cuerpos no está amando nada, pues lo único real es el Ser que compartimos con Dios.
“Todo placer real procede de hacer la Voluntad de Dios. Esto es así porque no hacer Su Voluntad es una negación del Ser. La negación del Ser da lugar a ilusiones, mientras que la corrección del error nos libera del mismo. No te engañes a ti mismo creyendo que puedes relacionarte en paz con Dios o con tus hermanos a través de algo externo” (T-1.VII.1:4-7).
Las experiencias anteriores pueden ser enmarcadas dentro de aquellas que creemos que nos causan placer. Qué ocurre, entonces, con aquellas experiencias que creemos que nos causan dolor, como el abandono, la pérdida y la enfermedad. Veremos que en realidad se trata de lo mismo. Ya le llamemos dolor o placer, son ilusiones que nos quieren hacer creer que somos un cuerpo y que nos impiden recordar nuestra verdadera naturaleza en el Espíritu.
“El dolor demuestra que el cuerpo no puede sino ser real. Es una voz estridente y ensordecedora, cuyos alaridos intentan ahogar lo que el Espíritu Santo dice e impedir que Sus palabras lleguen hasta tu conciencia. El dolor exige atención, quitándosela así al Espíritu Santo y centrándola en sí mismo. Su propósito es el mismo que el del placer, pues ambos son medios de otorgar realidad al cuerpo. El placer y el dolor son igualmente ilusorios, ya que su propósito es inalcanzable. Por lo tanto, son medios que no llevan a ninguna parte, pues su objetivo no tiene sentido” (T-27.VI.1).
Por ejemplo, cuando creemos tener un problema de salud, creemos que la causa está en el cuerpo y empezamos a tratar de cambiar el efecto en vez de la causa. Todos los tratamientos operan al nivel de los síntomas. Como vimos, eso es totalmente inútil pues es tratar de cambiar una ilusión por otra: “La falsa curación no es más que un mísero intercambio de una ilusión por otra “más agradable”; un sueño de enfermedad por uno de salud” (O-3.II.1:1).
Esto, dice el maestro Jesús, es recurrir a la magia. El único lugar donde es posible corregir verdaderamente el error es en la mente. Pues la enfermedad es el resultado de haber pensado falsamente y haber creído que podíamos crear por nuestra cuenta.
“De nada sirve pensar que controlando los resultados de cualquier pensamiento falso se pueda producir una curación. Cada vez que tienes miedo es porque has tomado una decisión equivocada. Esa es la razón por la que te sientes responsable de ello.
Tienes que cambiar de mentalidad, no de comportamiento, y eso es cuestión de que estés dispuesto a hacerlo. No necesitas orientación alguna excepto a nivel mental. La corrección debe llevarse a cabo únicamente en el nivel en el que el cambio es posible. El cambio no tiene ningún sentido en el nivel de los síntomas donde no puede producir resultados” (T-2.VI.3).
Es únicamente en el nivel de la mente donde el cambio es posible. Esto nos lo dice el maestro Jesús desde el mismo comienzo del Curso, cuando se refiere a la confusión de niveles. De hecho, la primera vez que menciona este término es en el principio 23 cuando dice que el milagro es un mecanismo corrector de la confusión de niveles.
“Los milagros reorganizan la percepción y colocan todos los niveles en su debida perspectiva. Esto cura, ya que toda enfermedad es el resultado de una confusión de niveles” (T-1.I.23).
Al haber invertido causa y efecto creemos que el cuerpo tiene el poder de fabricarse una enfermedad. Por lo tanto, se necesita un mecanismo que “enderece” esta percepción invertida y le devuelva la causa a la mente, que es la única que puede crear. El poder del milagro para ajustar niveles genera la percepción correcta que da lugar a la curación, ya que la enfermedad, como bien se recoge en este Principio, no es más que el resultado de una confusión de niveles.
Los niveles que se están confundiendo son los niveles de la mente (causa) y el cuerpo (efecto). El ego traslada la causa de la enfermedad desde el nivel de la mente al nivel del cuerpo, y le otorga a la materia el poder de crear. El milagro regresa el problema a donde este se originó, y afirma que no es el cuerpo el que está enfermo, es la mente la que parece estar enferma.
Eso es todo lo que hace el milagro: regresa el problema a donde se puede corregir. El milagro, sitúa la causa en la mente y el efecto en el cuerpo, lo que pone fin a la falsa percepción de que cuerpo y mente puedan encontrarse separados. De esta manera al corregir el problema en la mente, el cuerpo se cura automáticamente. “El cuerpo sanará porque la causa de su enfermedad ha desaparecido. Y ahora, al no tener causa alguna, no puede volver a presentarse en otra forma” (O-3.III.6:3-4).
“La enfermedad, al no tener causa ni ningún propósito válido, es imposible que exista. Una vez que se reconoce esto, la curación es automática. Pues este reconocimiento desvanece esta ilusión sin sentido valiéndose del mismo enfoque que lleva a todas las ilusiones ante la verdad, y simplemente las deja allí para que desaparezcan” (L-136.1).
También estamos confundiendo los niveles cuando tratamos de utilizar el cuerpo para “influir” en el Espíritu. Por ejemplo, todas aquellas prácticas de “castigar” el cuerpo por medio de azotes o sacrificios para purificar el Espíritu. Primero que todo, como vimos, el espíritu ya es perfecto y por lo tanto no requiere purificación, y en segundo lugar nada de lo que se haga con el cuerpo puede afectarlo. El cuerpo es una ilusión, no existe y por lo tanto no puede producir efectos en ningún nivel, y mucho menos en el nivel del Espíritu.
Por lo tanto, la mente es la única que requiere purificación, pero no a través de castigar al cuerpo. El maestro Jesús dice: “El que castiga el cuerpo está loco” (T.28.VI.1:1).
Así que todas aquellas prácticas que se enfocan en el cuerpo lo único que están haciendo es tratar de hacerlo real. Y aquí se incluyen, por ejemplo, prácticas como “respiración consciente”, yoga, meditaciones con chacras, psicotrópicos o similares, y en general, todo lo que tenga que ver con pensamientos corporales. Todas aquellas prácticas que te prometan que si haces cosas con el cuerpo te vas a “iluminar” no están haciendo más que confundir los niveles al tratar de hacer real el cuerpo ilusorio.
Como nos dice el Maestro: “La corrección debe llevarse a cabo únicamente en el nivel en el que el cambio es posible”, es decir, en la mente, y por medio de los milagros. Lo único sensato que podemos hacer con el cuerpo es tratarlo como un recurso de aprendizaje. El cuerpo seguirá la Guía que se nos indique cuando lo utilicemos como un vehículo para extender el amor, es decir, para obrar milagros.
CORRECCIÓN VERDADERA
Ahora que ya tenemos claro en qué consiste la confusión de niveles, estamos listos para aprender cómo se puede corregir. En realidad, es muy fácil, todo lo que necesitamos es cierta disciplina para entrenar la mente a pensar siempre con el sistema de pensamiento del Espíritu Santo. De hecho, el maestro Jesús nos dice desde el comienzo que “una mente sin entrenar no puede lograr nada” (L-in.1:3). Por eso la primera parte del Libro de Ejercicios está perfectamente planeada para desmontar el sistema de pensamiento del ego, y la segunda parte está diseñada para reemplazar este con el sistema de pensamiento del Espíritu Santo. Y el Curso en su totalidad está enfocado en entrenar la mente para ayudarnos a recuperar nuestra verdadera Identidad en el Espíritu.
Este entrenamiento te enseñará a permanecer en el centro de la tormenta parezca ocurrir lo que parezca ocurrir a tu alrededor. Llegarás a desarrollar una especie de “GPS” que te avisará a la más mínima señal de conflicto para que te detengas y le pidas ayuda al Espíritu Santo. Él responderá de lleno a tu más leve invitación y te ayudará a mantenerte en ese centro de paz y de dicha.
“A ese lugar llega el Espíritu Santo, y ahí mora. Permanecerá ahí cuando tú te olvides y las actividades del cuerpo vuelvan a abarrotar tu mente consciente.
Mas este lugar de reposo al que siempre puedes volver siempre estará ahí. Y serás más consciente de este tranquilo centro de la tormenta, que de toda su rugiente actividad. Este tranquilo centro, en el que no haces nada, permanecerá contigo, brindándote descanso en medio del ajetreo de cualquier actividad a la que se te envíe. Pues desde este centro se te enseñará a utilizar el cuerpo impecablemente. Este centro, del que el cuerpo está ausente, es lo que hará que también esté ausente de tu conciencia” (T-18.VII.7:8-9,8).
Veamos entonces cómo el maestro Jesús nos enseña a entrenar la mente para corregir esta confusión de niveles. Esto nos permitirá permanecer en este centro donde nos espera la quietud, la dicha y la paz, aunque en realidad nos encontremos en medio del ajetreo diario y de actividades que parezcan pretender robarnos la paz. Lo único que tenemos que hacer es aceptar el milagro que Él nos ofrezca para cambiar la percepción.
Al haber estado tan identificados con el cuerpo, veíamos lo espiritual como algo lejano y abstracto que nos parecía inalcanzable, mientras estábamos inmersos en ilusorias actividades y problemas de todo tipo que nos absorbían completamente.
Si elegimos al ego, vamos a estar totalmente enfocados en el mundo, debido básicamente al miedo, más específicamente, el miedo a perder. Pues creeremos que si no le prestamos toda nuestra atención perderemos todo aquello que pensamos que nos define: nuestras relaciones especiales, nuestra profesión, nuestras posesiones materiales, nuestra imagen, etc., y apenas vislumbraremos la posibilidad de vivir desde una perspectiva espiritual que nos proporcionaría perfecta paz y dicha plena, y donde el miedo es un extraño.
“Cualquier cosa en este mundo que creas que es buena o valiosa, o por la que vale la pena luchar, te puede hacer daño y lo hará. No porque tenga el poder de hacerlo, sino únicamente porque al negar que no es más que una ilusión, le otorgas realidad. Y así, es real para ti, y no algo que no es nada. Y al haberse percibido como real se le abrieron las puertas al mundo de las ilusiones enfermizas. Toda creencia en el pecado, en el poder del ataque, en herir y hacer daño, en el sacrificio y en la muerte ha llegado a ti de esa manera” (T-26.VI.1:1-6).
Lo que el Curso nos dice es que se trata de todo lo contrario. El nivel espiritual es lo que realmente domina. Es donde reside nuestra verdadera Identidad. Es donde radica nuestro verdadero poder. Como dice la Lección 272: “Mi hogar se estableció en el Cielo mediante tu Voluntad y la mía”. Si entrenamos nuestra mente para vivir desde allí, todo aquello que parece tener tanta importancia y tanto peso en el nivel físico pasará a ser trivial y perderá toda la importancia y todo el poder que le habíamos atribuido, y ya no tendrá ningún efecto sobre nosotros. La clave es, entonces, quitarle todo el poder que le damos a las ilusiones y enfocarnos en el nivel del Espíritu. Ahora bien, ¿Cómo se hace esto?
Ya Jesús nos dio la clave cuando nos aseguró que el único nivel que admite corrección es la mente y que la solución es “inducir a la mente a que renuncie a sus creaciones falsas”. Así que nos da “un programa muy bien organizado, debidamente estructurado y cuidadosamente planeado que tiene por objeto aprender a entregarle al Espíritu Santo todo aquello que no desees” (T-12.II.10:1).
Primero que todo debes convencerte de que este mundo de ilusiones no te ofrece nada que desees o, de lo contrario, vas a seguir viendo el mundo del Espíritu como algo lejano y ajeno a ti.
“El mundo que ves no te ofrece nada que puedas necesitar; nada que puedas usar en modo alguno ni nada en absoluto que te pueda hacer feliz. Cree esto y te habrás ahorrado muchos años de miseria, incontables desengaños y esperanzas que se convierten en amargas cenizas de desesperación. Todo aquel que quiera dejar atrás al mundo y remontarse más allá de su limitado alcance y de sus mezquindades tiene necesariamente que aceptar que este pensamiento es verdad” (L-128.1).
Una vez que has aceptado esto y te has convencido de que tu reino no es de este mundo debes aprender a perdonarlo, es decir, a pasarlo por alto, teniendo muy claro que tu felicidad se encuentra en el nivel del Espíritu y que todo lo que hay aquí son ilusiones cuyo propósito es mantenerte atado a tu falsa identidad como un cuerpo.
“Cada cosa que valoras aquí no es sino una cadena que te ata al mundo, y ese es su único propósito. Pues todas las cosas tienen que servir para el propósito que les has asignado, hasta que veas en ellas otro propósito. El único propósito digno de tu mente que tiene este mundo es que lo pases de largo, sin detenerte a percibir alguna esperanza allí donde no hay ninguna. No te dejes engañar más. El mundo que ves no ofrece nada que tú desees” (L-128.2).
Cuando reconozcas esto y niegues el mundo o lo pases de largo, habrás abierto el espacio para que resplandezca tu verdadera Identidad. Esta es la única manera de que vayas dejando de valorar las ilusiones y las empieces a ver como algo trivial y sin importancia, de modo que, en contraste, el nivel espiritual vaya adquiriendo para ti su dimensión real: la de ser causa.
De este modo la mente que se identifica en este mundo del sueño con el Espíritu recupera todo su poder y se vuelve invulnerable a los ilusorios pensamientos del ego, los cuales tan solo hay que negar apenas empiecen a cruzar nuestro espacio mental. Si no los hacemos reales ni en un primer momento, podremos permanecer en el sistema de pensamiento del Espíritu Santo hasta que esto se convierta en nuestro estado natural. Que lo ES.
En última instancia, esto es muy fácil pues solo hay dos posibilidades y, como ya sabemos, estas son mutuamente excluyentes. O estás en el sistema de pensamiento del Espíritu Santo que te lleva a la dicha y a la paz perfecta, o estás en el sistema de pensamiento del ego que te mantiene en la miseria con sus “incontables desengaños y esperanzas que se convierten en amargas cenizas de desesperación”. No pueden coexistir los dos. Nos tenemos que decidir por uno de ellos y esa decisión siempre es AHORA, pues este es el único instante que existe.
“El ser que tú fabricaste jamás podrá ser tu Ser, ni tampoco puede tu Ser dividirse en dos y seguir siendo lo que es y lo que no puede sino ser eternamente. Una mente y un cuerpo no pueden coexistir. No trates de reconciliarlos, pues cada uno niega que el otro sea real. Si eres lo físico, tu mente desaparece del concepto que tienes de ti mismo, pues no tiene un lugar en el que realmente pueda formar parte de ti. Si eres Espíritu, el cuerpo es entonces el que no tiene ningún sentido en tu realidad” (L-96.3).
La buena noticia es que puedes entrenar tu mente para permanecer en el sistema de pensamiento del Espíritu Santo todo el tiempo, y para eso tienes a tu alcance la herramienta infalible del perdón. Puesto que el ego se alimenta del miedo y la culpa, el instrumento que los deshace es el perdón. El maestro Jesús nos dice que con una sola lección, si la aplicáramos de corazón, nos salvaríamos. Sin embargo, nos da 365 lecciones por si pareciera que no nos basta con una sola.
Por ejemplo, tenemos la Lección 284 (Puedo elegir cambiar todos los pensamientos que me causan dolor) en la cual nos da la fórmula para cambiar los pensamientos:
“Esta es la verdad, que al principio solo se dice de boca y luego, después de repetirse muchas veces, se acepta en parte como cierta, pero con muchas reservas. Más tarde se considera seriamente cada vez más y finalmente se acepta como la verdad” (L-284.1:5-6).
Vemos claramente que el Maestro nos dice que al comienzo probablemente lo digamos de boca, y que luego de repetirlo muchas veces, llegaremos a aceptarla como cierta, aunque con muchas reservas, hasta que finalmente la aceptaremos como la verdad.
La repetición es un recurso fundamental en el proceso de aprendizaje. De hecho, es el recurso más utilizado por el maestro Jesús. Vemos que siempre nos lleva a repetir las ideas de las lecciones cada hora, cada minuto y ojalá cada segundo. Esto es necesario porque tenemos tan internalizado el sistema de pensamiento del ego, que lo hemos aceptado como verdadero, y funciona en automático.
Si queremos que nuestra mente se enfoque solamente en el sistema de pensamiento del Espíritu Santo, es fundamental que repitamos frecuentemente las ideas que nos lleven allí y que nos mantengan en Él todo el tiempo.
Como dijimos anteriormente, tenemos a nuestra disposición 365 lecciones, además del Texto y del Manual para el Maestro con sus respectivas ideas a las que podemos aplicarles la fórmula que nos da el Maestro en la Lección 284. Digamos que queremos trabajar utilizando el perdón para deshacer el miedo, como sugerimos antes. Para esto, podríamos escoger la afirmación que se encuentra en la Lección 193, por ejemplo:
“Esta es la lección que Dios quiere que aprendas: Hay una manera de contemplar todo que te acerca más a Él y a la salvación del mundo. A todo lo que habla de terror, responde de esta manera:
Perdonaré y esto desaparecerá.
Repite estas mismas palabras ante toda aprensión, preocupación o sufrimiento. Y entonces estarás en posesión de la llave que abre las puertas del Cielo y que hace que el Amor de Dios el Padre llegue por fin hasta la tierra para elevarla hasta el Cielo. Dios Mismo dará este paso final. No te niegues a dar los pequeños pasos que te pide que des para que puedas llegar hasta Él” (L-193:13).
Mira lo importante de la repetición, el maestro Jesús nos dice que si repetimos estas palabras, estaremos “en posesión de la llave que abre las puertas del Cielo”. ¿Verdad que es maravilloso? Y no solo eso, lograremos que el “Amor del Padre llegue por fin a la tierra para elevarla hasta el Cielo”. Estamos salvando al mundo cuando practicamos. No lo estamos haciendo por nuestra cuenta, ni solo para nosotros: lo estamos haciendo para toda la Filiación.
Así que cada vez que una ilusión parezca atraernos o provocarnos miedo, vamos a aplicar este proceso con la afirmación de esta lección: “perdonaré y esto desaparecerá”. Puede ser que al principio parezca que lo estamos diciendo solo de boca, pero luego de repetirlo cada vez más, la aceptaremos como cierta, aunque con algunas reservas, pero no importa, seguiremos repitiéndola y llegaremos a considerarla seriamente cada vez más, hasta que finalmente la aceptaremos como la verdad.
Vale decir que puede suceder que ni siquiera necesites hacer todo el proceso y con una sola repetición de corazón baste para ti, si así lo sientes y según como tu Guía te indique. En caso de que no sea así, ahí tienes cómo practicarlo hasta que lo logres.
Ahora imagínate que decides apuntarte a la vía rápida y decir ahora cualquiera de las afirmaciones del Curso de todo corazón. El Libro de ejercicios tiene afirmaciones poderosísimas, por ejemplo, la Lección 233 y así sucesivamente:
Hoy le doy mi vida a Dios para que Él la guíe.
Padre, hoy te entrego todos mis pensamientos. No quiero quedarme con ninguno de ellos. En su lugar, dame los Tuyos.
Dios está en todo lo que veo porque Dios está en mi mente (L-30).
La verdadera visión no solo no está limitada por el espacio ni la distancia, sino que no depende en absoluto de los ojos del cuerpo. La mente es su única fuente.
Soy tal como Dios me creó (L-94).
Soy tal como Dios me creó. Soy Su Hijo eternamente. Repite hoy frecuentemente para tus adentros que eres tal como Dios te creó. Cada sesión de práctica será un paso gigantesco hacia tu liberación, y un hito en el proceso de aprender el sistema de pensamiento que este Curso postula.
Dios va conmigo dondequiera que yo voy
Es perfectamente posible llegar a Dios. De hecho, es muy fácil, ya que es la cosa más natural del mundo. Podría decirse incluso que es lo único que es natural en el mundo. El camino quedará despejado, si realmente crees que ello es posible. Este ejercicio puede producir resultados asombrosos incluso la primera vez que se intenta, y tarde o temprano acaba por tener éxito. (L-41).
No soy un cuerpo, soy libre, pues aún soy tal como Dios me creó (L-199).
No soy un cuerpo. Soy libre. Oigo la Voz que Dios me ha dado, que es la única que mi mente obedece.
El Amor, que es lo que me creó, es lo que soy (L-229).
Padre, Te doy gracias por lo que soy, por haber conservado mi Identidad inalterada e impecable en medio de todos los pensamientos de pecado que mi alocada mente inventó.
La santidad eterna mora en mí (L-299).
Padre, mi santidad no es mía para dejar que el pecado la destruya. Las ilusiones pueden ocultarla, pero no pueden extinguir su fulgor ni atenuar su luz. Se yergue por siempre perfecta e intacta. En ella todas las cosas sanan, pues siguen siendo tal como Tú las creaste.
Permanece en mi mente todo el día, Padre mío (L-232).
Padre mío, permanece en mi mente desde el momento en que me despierto y derrama Tu luz sobre mí todo el día. Que cada minuto sea una oportunidad más de estar Contigo. Y que recuerde darte las gracias cada hora por haber estado conmigo y porque siempre estarás ahí presto a escucharme y a contestarme cuando Te llame. Y al llegar la noche, que todos mis pensamientos sigan siendo acerca de Ti y de Tu Amor. Y que duerma en la confianza de que estoy a salvo, seguro de Tu Cuidado y felizmente consciente de que soy Tu Hijo.
Así es como debería ser cada día. Practica hoy el final del miedo. Ten fe en Aquel que es tu Padre. Deja todo en Sus Manos. Deja que Él te revele todo y no te desanimes, pues eres Su Hijo.
Dado que la Voluntad de Dios para ti es perfecta felicidad, la dicha y la paz te llaman desde lo más profundo de tu corazón. Por eso tienes dentro de ti el más profundo anhelo de entrenar tu mente para pensar solo lo que piensas con Dios.
El maestro Jesús lo sabe y por eso nos da estas y muchas más plegarias y afirmaciones a lo largo de todo el Curso. Puedes elegir aquellas que resuenen más en tu corazón y practicarlas hasta que se vuelva natural en ti invocar el nombre de Dios en cualquier momento en que parezca que algo pueda perturbar tu paz.
Así que debes permanecer vigilante ante la más mínima señal de pérdida de tu paz. A la más mínima señal de conflicto, desde cómo decides algo, desde el más leve signo de cansancio, fatiga, miedo o enfermedad. Cuando sientas que “se te mueva el más mínimo pelo de la cabeza” y trates de reaccionar con cualquier otra cosa que no sea amor, sabes que tienes que pararte de inmediato y pedirle al Espíritu Santo que te ayude a cambiar el pensamiento que originó esa molestia por un pensamiento de Dios. Y ahí es donde Él va a responder inmediatamente a tu más leve llamado y te va a inspirar el milagro que sane la percepción que te está causando esa pérdida de paz.
Eso es lo mejor de todo, que ni siquiera tenemos que hacerlo solos. Se trata de que reconozcamos que nos hemos equivocado al creer que podíamos crear por nuestra cuenta, y que le pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a cambiar de percepción. No importa de qué se trate, Él se encargará del milagro específico para sanar la percepción que está causando el ilusorio problema que le estoy entregando.
Recuerda siempre que no hay grados de dificultad en los milagros. Con la misma facilidad se puede sanar desde una ilusoria gripa, hasta una aparente situación de estar dejando el trajecito. En última instancia, no son más que ilusiones y, solo tenemos que entregárselas al Espíritu Santo para que Él se encargue de hacerlas desaparecer.
“El milagro no distingue entre diferentes grados de percepción errónea. Es un recurso para sanar la percepción que es eficaz independientemente del grado o dirección del error. En eso radica su verdadera imparcialidad” (T-1.I.49).
Esta práctica debemos repetirla constantemente, hasta volverla automática. Así como hemos automatizado la percepción errónea del sistema de pensamiento del ego, podemos habituarnos a la percepción correcta del Espíritu Santo. Podemos lograrlo si nos mantenemos alerta “solo en favor de Dios y de Su Reino” para sostener solo los pensamientos amorosos que Él nos inspire. Hasta que llegue el momento en que nos fluya de manera natural, como debería ser, pues esa es nuestra verdadera naturaleza: “Mi mente alberga solo lo que pienso con Dios” (L-141).
“Los milagros ocurren naturalmente como expresiones de amor. El verdadero milagro es el amor que los inspira. En este sentido todo lo que procede del amor es un milagro” (T-1.I.3).
Eso es lo que nos permite obrar milagros naturalmente. Puesto que “El Amor, que es lo que me creó, es lo que soy” (L-229), ¡somos Amor! Por lo tanto, no es necesario ningún esfuerzo, solo tenemos que dejar que este fluya de manera natural desde el Espíritu que somos, y se exprese a través nuestro. Eso es todo. “Los milagros son naturales. Cuando no ocurren es que algo anda mal” (T-1.I.6).
Si estamos en una mentalidad milagrosa, nuestras interacciones estarán guiadas por el amor y la bondad porque los milagros son pensamientos amorosos, pero estos no se quedan solo en la mente, son expresiones de amor que se manifiestan en la forma. Así que si no estamos obrando milagros, algo anda mal. Quiere decir que, en vez de estar manifestando el sistema de pensamiento del Espíritu Santo, vamos a estar manifestando el sistema de pensamiento del ego, pues solo tenemos esas dos opciones y, como sabemos, estas son mutuamente excluyentes.
La buena noticia es que siempre podemos elegir de nuevo de la mano del Espíritu Santo y nos estamos entrenando para hacer que se vuelva automático. Expresar el amor necesita convertirse en un hábito involuntario.
“Los milagros son hábitos y deben ser involuntarios. No deben controlarse conscientemente. Los milagros seleccionados conscientemente pueden proceder de un asesoramiento desacertado” (T-1.I.5).
El Amor radiante y todo abarcador de Dios se encuentra en ti por naturaleza, y debes permitir que se exprese libremente. Si tú decidieras con el ego hacia dónde dirigir ese Amor, lo canalizarías naturalmente hacia tus destinatarios favoritos en el sueño. Es decir, hacia tus “seres queridos” o relaciones especiales. A eso se refiere Jesús al decir que “pueden proceder de un asesoramiento desacertado”, pues implica que te estás dejando llevar por el deseo de amar de forma especial al creer que hay algo en este mundo, ya sea que se trate de personas, mascotas, o cosas que son más merecedoras del amor de Dios que otras.
Con esto no queremos decir que dejes de amar a tus “seres queridos”; todo lo contrario. Se trata de que hagas extensivo ese amor a todos tus hermanos por igual. De que no selecciones a quién le vas a dar tu amor y a quien no. De que no trates de controlar los milagros. Recuerda que la verdadera felicidad proviene de hacer solo la Voluntad de Dios. Él quiere que abandonemos nuestra identificación con el cuerpo y retornemos a la mente para que nos recuerde que somos Espíritu eterno e inmutable. Solo déjate guiar y permite que el Espíritu Santo te recuerde tu verdadera Identidad:
“Tú sigues siendo Mi santo Hijo, por siempre inocente, por siempre amoroso y por siempre amado, tan ilimitado como tu Creador, absolutamente inmutable y por siempre inmaculado. Despierta, pues, y regresa a Mí. Yo soy tu Padre y tú eres Mi Hijo” (L-pII.p10.5).
Recapitulando, tenemos entonces que cuando Jesús habla de confusión de niveles se refiere básicamente a la confusión entre mente y cuerpo. Más específicamente a la creencia de que uno de estos niveles puede crear falsamente en el otro. Vimos que esto no es posible, pues la única que tiene el poder de crear es la mente, pero que no puede crear falsamente o separada de su Fuente. Por lo tanto, el cuerpo, al ser una ilusión, una proyección de la mente, no puede enfermar por sí mismo.
Tampoco la mente puede enfermar realmente al cuerpo porque, separada de su Fuente se ha convertido en una causa sin Causa que tan solo puede creer que crea en un sueño, pero cuya realidad no ha sido alterada en absoluto, y por ello se puede revertir en un instante.
El maestro Jesús nos da, entonces, un poderoso “mecanismo corrector” que es el reconocimiento de que las creaciones falsas de la mente en realidad no existen, puesto que “nada irreal existe”. Esta debería ser la corrección definitiva: reconocer que todo esto es una ilusión, que no somos un cuerpo y que seguimos siendo un pensamiento en la Mente del Padre porque las ideas no abandonan su Fuente. Con esto nos salvaríamos. Es más, ya estamos salvados.
Para quienes aún se les dificulte aplicar esto, el maestro Jesús nos da el Curso con un entrenamiento de 365 lecciones con instrucciones precisas, todas enfocadas a desmontar el sistema de pensamiento del ego, donde se adoran las formas, y poner en su lugar el sistema de pensamiento del Espíritu Santo, del mundo espiritual, de la mente como causa. Así que se trata solo de entrenar nuestra mente a pensar tan solo lo que pensamos con Dios.
Cuando logremos esto, el cuerpo se convertirá para nosotros en un vehículo para extender el amor, pues hemos dejado que el Espíritu Santo lo utilice para Su Propósito.
“Ahora el cuerpo se ha curado porque la fuente de la enfermedad está dispuesta a recibir alivio. Y reconocerás que practicaste bien por lo siguiente: el cuerpo no sentirá nada en absoluto. Si has tenido éxito, no habrá sensación alguna de enfermedad o de bienestar, de dolor o de placer. La mente no responderá en absoluto a lo que el cuerpo haga. Lo único que queda es su utilidad y nada más” (L-136.17).
La mejor manera en que el cuerpo puede ser útil es cuando nos convertimos en un instrumento de Su Amor y dejamos que sea el Espíritu Santo Quien interprete Su melodía a través nuestro. Como decía San Francisco de Asís: “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz”.
Y ¿qué hace un instrumento? Simplemente se rinde a su intérprete y deja que él lo utilice. Jamás se le ocurre decir, por ejemplo, “Ah no, esa melodía no; prefiero esta otra”, o “hoy no quiero que me toques, tal vez mañana”, ni protesta por la manera de tocar del músico. Ni sugiere “mejores” formas de tocar”. Nada de eso. Lo único que hace es entregarse totalmente y dejarse conducir para que las más hermosas melodías sean interpretadas a través de él.
Así que eso es lo que se espera de nosotros, que nos dejemos guiar para que sea el Espíritu Santo quien obre los milagros de amor a través de nosotros. Que nos convirtamos en instrumentos del Espíritu Santo, y quién, mejor que Él, sabe cómo interpretar las más amorosas melodías. Si lo usamos así, nuestro cuerpo jamás tendrá que sufrir ningún dolor o padecer enfermedad alguna.
“La lección fundamental es siempre esta: el cuerpo se convertirá para ti en aquello para lo que lo uses. Úsalo para pecar o para atacar, que es lo mismo, y lo verás como algo pecaminoso. Al ser pecaminoso es débil, y al ser débil, sufre y muere. Úsalo para llevar la Palabra de Dios a aquellos que no la han oído, y el cuerpo se vuelve santo. Al ser santo no puede enfermar ni morir. Cuando deja de ser útil, se deja a un lado. Eso es todo” (M-12.5: 1-6).

Esto nos trae a la memoria a nuestra querida Peace Pilgrim (la Peregrina de Paz), quien tuvo una experiencia espiritual transformadora que la llevó a embarcarse en una jornada extraordinaria. A pesar de llevar una vida cómoda, ella no podía entender por qué, al parecer, había tanta desigualdad en el mundo. No le encontraba ningún sentido real a su vida y se cuestionaba fervientemente que este mundo de guerras y de escasez no podía ser todo lo que existe, que debía haber otra manera mejor, hasta que se encontró una noche orando a Dios para que le mostrara un propósito para su vida. Así es como lo relata en su libro:
“El punto de no retorno llegó cuando, desesperada y en una búsqueda muy profunda de una forma de vida con significado, caminé toda una noche por el bosque. Llegué a un claro iluminado por la luna y oré. Sentí una voluntad total, sin reservas, de entregar mi vida, de dedicarla al servicio. “¡Por favor, úsame!” Le oré a Dios. Y una gran paz me invadió. Te cuento que es un punto sin retorno. Después de eso, nunca podrás volver a una vida completamente centrada en ti mismo” (pág. 7).
Así que decidió dedicar su vida a promover la paz por el mundo. En la época de la guerra fría y las guerras de Corea y Vietnam, se dedicó a caminar por la paz. A partir de ahí, y durante 28 años, atravesó los Estados Unidos siete veces, mientras difundía su mensaje de paz a través de la radio, en iglesias, colegios, universidades, etc. Visitó los cincuenta estados, diez provincias de Canadá y partes de México antes de morir el 7 de julio de 1981, a los 73 años.
“Entré en un mundo nuevo y maravilloso. Mi vida comenzó a tener sentido. Obtuve la gran bendición de la buena salud: no he tenido ningún dolor, resfriado o dolor de cabeza desde entonces (La mayoría de las enfermedades, ya sabes, son inducidas psicológicamente). A partir de ese momento, supe que el trabajo de mi vida sería por la paz, que abarcaría todo el panorama de la paz: la paz entre las naciones, la paz entre los grupos, la paz entre los individuos y la muy, muy importante paz interior” (Pág.7).
Solo llevaba consigo un cepillo de dientes, un peine y un lápiz. Su consigna era “caminaré hasta que se me dé albergue y ayunaré hasta que se me brinde alimento”. Podía caminar durante días sin sentir cansancio o sueño. Incluso ni siquiera pensaba en la comida hasta que alguien se la ofrecía. Jamás necesitó atención médica. Su salud era perfecta porque ella alcanzó este estado en el que el cuerpo era solo el instrumento para su Misión, así que este no le exigía que lo atendiera ni le prestara toda su atención.
Quienes la conocieron dicen que irradiaba tanto amor y tanta paz que cautivaba a todo el mundo con su permanente actitud de “cómo puedo ser verdaderamente útil”. Se regía por la Regla de Oro: “Esta pide que te comportes con los demás como tú quisieras que ellos se comportasen contigo (T-1.III.6:2). “Si quieres que te sonrían, tú debes sonreír primero”, decía.
Siempre procuraba ver amor y bondad en todos los que se encontraba en su camino, por donde iba siempre sonriente extendiendo amor y dicha. Incluso cuando la encarcelaron por supuesta vagancia e indocumentación, acabó organizando un coro en la cárcel con presos, guitarras y carceleros hasta que la liberaron a cambio de trabajos sociales.
Estaba enfocada solamente en expresar amor y en ser un instrumento para extender la paz. Le había pedido a Dios que la usara para Su Propósito y se había entregado totalmente a cumplirlo. Así que todas sus aparentes necesidades eran cubiertas y nunca le faltó nada que pareciera necesitar. En una entrevista, el día anterior a su muerte (en un accidente automovilístico), hablaba de su salud radiante y de su gran vitalidad y comentaba que tenía invitaciones para conferencias por los siguientes 11 años.
“Tal vez no te des cuenta de que esto elimina los límites que le habías impuesto al cuerpo como resultado de los propósitos que le habías adjudicado. A medida que estos se dejan a un lado, el cuerpo tendrá suficiente fuerza para servir a cualquier propósito que sea verdaderamente útil. La salud del cuerpo queda plenamente garantizada porque ya no se verá limitado por el tiempo, por el clima o el cansancio, por lo que coma o beba ni por ninguna de las leyes a la que antes lo sometías. No tienes que hacer nada para que esté bien, pues la enfermedad se ha vuelto imposible” (L-136.18).
Vemos aquí el ejemplo perfecto de lo que pasa con el cuerpo cuando lo ponemos al servicio de Dios, el Espíritu Santo se encarga de toda su gestión. Mientras mantengamos el propósito de utilizarlo solo para obrar milagros, es decir, para expresar amor y solo amor, no tendremos que preocuparnos por el cuerpo, podremos dejar que el Espíritu Santo lo gestione, y desentendernos de este por completo.
“Solo el Espíritu Santo sabe lo que necesitas. Y te proveerá de todas las cosas que no obstaculizan el camino hacia la luz. ¿Qué otra cosa podrías necesitar? Mientras estés en el tiempo, Él te proveerá de todo cuanto requieras, y lo renovará siempre que tengas necesidad de ello. No te privará de nada mientras lo precises. Mas Él sabe que todo cuanto necesitas es temporal, y que solo durará hasta que dejes a un lado todas tus necesidades y te des cuenta de que todas ellas ya han sido satisfechas. El Espíritu Santo no tiene, por lo tanto, ningún interés en las cosas que te proporciona. Lo único que le interesa es asegurarse de que no te valgas de ellas para prolongar tu estadía en el tiempo. Sabe que ahí no estás en casa, y no es Su Voluntad que demores el jubiloso regreso a tu hogar” (T-13.VII.12).
Generalmente en nuestra sociedad estamos habituados a actuar solo en función del cuerpo, este es como un tirano con constantes demandas que tenemos que suplir, y vivimos en función de su comodidad, de su seguridad y de una imagen que mostrar.
Así que nos dedicamos a trabajar toda una vida para conseguir todo lo que demanda este cuerpo: placer, seguridad, una casa, una pareja, todo tipo de aparentes comodidades, una carrera que nos dé prestigio y nos haga sentir orgullosos etc. Muchas de esas cosas ilusorias las conseguimos incluso a expensas de los demás, nuestros hermanos, quienes son lo que verdaderamente importa pues somos un solo ser.
Por lo tanto, en este proceso están involucrados, de alguna manera, el ataque y la culpa. Estamos utilizando el cuerpo sin amor. Le estamos dando órdenes desde una mente enferma que, aunque ya tenga cierta cordura y no quiera atacar fuera, se ataca a sí misma a través de ordenarle al cuerpo que manifieste la enfermedad. En este modelo, el nivel espiritual está completamente relegado a algo ínfimo y a veces inexistente.
Pues bien, qué tal si nosotros, la mente, en vez de ser unos esclavos del cuerpo, fuéramos más como la Peregrina de Paz. En vez de dedicar toda nuestra vida a trabajar para el cuerpo, lo usáramos más bien como un instrumento al servicio de Dios y lo dejáramos bajo la dirección del Único Maestro que sabe lo que es mejor para toda la Filiación.
“Se reconoce que la salud es el estado natural de todas las cosas cuando se deja toda interpretación en manos del Espíritu Santo, Quien no percibe ataque en nada. La salud es el resultado de abandonar todo intento de utilizar el cuerpo sin amor. La salud es el comienzo de la correcta perspectiva con respecto a la vida bajo la dirección del único Maestro que sabe lo que ésta es, al ser la Voz de la Vida Misma” (T-8.VIII.9:8-10).
Esto nos garantizaría una salud perfecta. La identidad corporal que habíamos forjado se deja a un lado y nos enfocamos en el Espíritu, corrigiendo así la confusión de niveles. Ahora estaremos utilizando el cuerpo de la manera correcta pues habremos invertido la perspectiva: pasamos de estar enfocados en el cuerpo ilusorio y todas sus exigencias, a entregarlo al Propósito del Espíritu Santo para extender Su Mensaje, el cual es verdaderamente significativo y no meramente formas ingeniosamente unidas para que parecieran tener sentido.
“El Espíritu Santo te enseña a usar el cuerpo solo como un medio de comunicación entre tus hermanos y tú, de modo que Él pueda enseñar Su mensaje a través de ti. Esto los curará y, por lo tanto, te curará a ti. Nada que se utilice de acuerdo con su propia función tal como el Espíritu Santo la ve, puede enfermar” (T-8.VIII.9:1-3).
Esa es nuestra función como maestros de Dios: extender el mensaje del Amor, que sí tiene verdadero sentido o valor, por donde quiera que se nos indique y de todas las maneras posibles. Recordarles a todos los hermanos su verdadera Identidad en Dios, porque nosotros la hemos recordado y hemos dejado de identificarnos con un cuerpo, un efecto sin causa real y, por lo tanto, sin ningún valor verdadero. Al hacer esto hemos comprendido que estamos unidos a todo y a todos y hemos dejado atrás nuestros intereses personales para entregarnos totalmente a nuestra función como obradores de milagros, atendiendo únicamente a la Voz que habla por Dios.
“Un maestro de Dios es todo aquel que decide serlo. Sus atributos consisten únicamente en esto: de alguna manera y en algún lugar eligió deliberadamente no ver sus propios intereses como algo aparte de los intereses de los demás. Una vez que hizo esto, su camino quedó establecido y su dirección asegurada. Una luz penetró en las tinieblas. Tal vez haya sido una sola luz, pero con una basta. El maestro de Dios hizo un compromiso con Dios aunque todavía no crea en Él. Se convirtió en un portador de salvación. Se convirtió en un maestro de Dios” (M-1.1).

He ahí la clave. Cambiar una vida centrada en ti mismo por una vida centrada en Dios. La vida en que te ves a ti mismo como una parte del todo y trabajas por el bienestar de la Filiación para regresar a Casa juntos. Pues “Mientras quede un solo “esclavo” caminando sobre la faz de la tierra tu liberación no será total. La única meta del que se ha decidido por el camino de los milagros es restaurar completamente la Filiación”.
(T-1.VII.3:13-14).
Extracto del Volumen 2 de “Errores comunes al compartir Un Curso de Milagros”



Muy importante estudio sobre la confusion de niveles ! Gracias santos maestros y a todos Los aspectos de la mente por permitirnos Sanar juntos . Att San Andres 🕊️🎁🚀📖✅😇